Te veía en el salón,
con la risa medio escondida,
yo callando el corazón
por no arruinar lo que había.
Y aunque hablábamos normal,
como si nada sintiera,
por dentro era un huracán
cada vez que te tuviera.
Y me quedé con las dudas,
con palabras sin decir,
con mil “qué hubiera pasado”
que no quise perseguir.
Y nunca pasó, nunca fuimos más,
solo dos miradas que no se atrevieron a hablar,
se quedó en silencios, en lo que pudo ser,
en un casi algo que no supimos entender.
Y nunca pasó, pero se sintió,
como un amor chiquito que el tiempo guardó,
y aunque no dolió como dicen por ahí,
a veces me pregunto… si pensaste en mí.
A veces yo pensaba
que algo en ti sí era real,
pero luego tus miradas
me hacían dudar más.
Porque no sabía si era yo,
o alguien más en tu mente,
si tus gestos eran míos
o solo coincidían de repente.
Y vivía en esa línea
entre ilusión y confusión,
sin saber si me querías
o era idea del corazón.
Y me fui con ese “casi”,
sin final y sin razón,
como historia que se escribe
pero nunca en el renglón.
Y nunca pasó, nunca fuimos más,
solo dos miradas que no se atrevieron a hablar,
se quedó en silencios, en lo que pudo ser,
en un casi algo que no supimos entender.
Y el tiempo no esperó,
nos llegó la graduación,
con abrazos, despedidas
y este nudo en la voz.
Te fuiste entre la gente,
yo sin nada que decir,
con un “tal vez” guardado
que no quise dejar salir.
Y si alguna vez sentiste
algo igual que yo sentí,
se quedó en ese momento
donde no supimos ir.
Pero nunca pasó, y así se quedó,
como un recuerdo suave que el alma guardó,
no fue para siempre, tampoco fugaz…
solo un “qué bonito”… que nunca pasó.