[hablado]
Oigan esta historia…
acérquense, que el viento no se la lleve...
Érase una vez un muchacho grande y fortachón,
de esos que caminan como si el suelo les debiera algo,
de esos que hablan fuerte…
porque nadie se anima a hacerlos callar.
En el patio mandaba él,
no por justo… sino por miedo,
y los demás bajaban la mirada,
como si el polvo fuera más interesante que su voz.
Les quitaba risas,
les rompía el día en dos,
y a veces… hasta el coraje.
Pero escuchen bien, chicos…
porque ninguna sombra es eterna.
Un día, el silencio cambió de peso,
las miradas dejaron de huir,
y en lugar de uno temblando…
fueron muchos respirando juntos.
No hubo gritos heroicos,
ni canciones de victoria,
solo pasos firmes,
y una decisión que ya no retrocedía.
El grandote habló…
pero su voz ya no era ley,
porque cuando el miedo se rompe…
hasta el más fuerte pierde pie.
Y así fue como cayó su reinado,
no por la fuerza de uno…
sino por el valor de todos.
Desde ese día, el patio fue distinto,
el aire más liviano,
las risas volvieron a tener dueño…
y nadie volvió a agachar la cabeza.
Así que recuerden…
si alguna vez sienten ese peso en el pecho…
No es que sean débiles…
es que todavía no se dieron cuenta
de lo fuertes que son juntos.