He caminado por senderos que no llevan a ningún lugar,
apostando todo el oro por quien no sabe valorar.
Miré a los ojos del abismo creyendo que era el sol,
y terminé quemándome en las llamas del error.
Elegí el silencio cuando debía gritar,
y me quedé en la puerta de quien no me dejó pasar.
Fui coleccionista de promesas de papel,
dejando que el invierno se tatuara en mi piel.
Es el mapa de mis fallos, las marcas en el mapa,
historias de naufragios donde el alma se me escapa.
Elegí el espejismo, ignoré la realidad,
confundiendo la costumbre con la pura voluntad.
Tropiezo con la piedra que yo mismo levanté,
bebiendo de la copa del amor que me inventé.
Pero en cada paso en falso, en cada mala dirección,
voy aprendiendo el ritmo de mi propio corazón.
Busqué refugio en nidos de espinas y de sal,
creyendo que el dolor era un síntoma normal.
Le di las llaves de mi casa a quien solo iba de paso,
y ahora cuento las grietas que dejó cada fracaso.
Vi señales rojas y las quise decorar,
puse flores en desiertos que no pueden brotar.
Me olvidé de mi nombre por aprender otro más,
corriendo tras de sombras que no miran hacia atrás.
Hoy recojo los pedazos, los que sobran de ayer,
para entender que errar también es parte de crecer.
No soy mis malas decisiones, ni el tiempo que perdí,
soy la fuerza que renace de lo que sobreviví.
Cada cicatriz es un verso, cada error una canción,
una brújula que apunta hacia una nueva dirección.
Ya no temo a la caída, ni al vacío, ni al ayer,
porque ahora sé distinguir lo que quiero ser.