Hoy quiero plasmar con sinceridad y valentía mis sentimientos más profundos, como un acto de liberación y renacimiento. A ti, cocaína, te dedico estas palabras que representan mi despedida definitiva contigo. Fuiste mi salvación en los momentos más oscuros, cuando la necesidad apremiaba y la desesperación nublaba mi mente. Sin embargo, también fuiste mi perdición, arrebatándome la dignidad que tanto anhelaba recuperar. Con tu efímera fuerza, me robaste tiempo, calma y lo más preciado de mi ser: mi hijo. Hoy, te retorno tus ilusiones de cristal, ya que he encontrado una fortaleza genuina en mi interior para enfrentar y dialogar con mis demonios. Tu influencia tóxica es parte de mi pasado; un capítulo cerrado para siempre.
Por otro lado, a mi amado hijo Izan, quiero dedicarle el resto de mis días, marcando así el inicio de una nueva etapa en la que me comprometo a edificar un futuro lleno de esperanza y amor. Eres mi redentor, el faro que guía mis pasos tras una tormenta de caos. Lamento profundamente cada ausencia causada por la ceguera de la adicción, pero quiero que sepas que cada instante lejos de ti se convirtió en una batalla por asegurar que nunca tengas que enfrentar los mismos horrores que yo. Eres la luz en mi penumbra, el arquitecto de un mañana radiante. Todo lo que soy y llegaré a ser, proviene de ti, mi hijo amado. Eres la esencia de mi existencia y la razón por la cual renazco día tras día.
En este diario, dejo plasmados mis más profundos anhelos de redención y renovación, con la firme convicción de que el amor y la voluntad pueden vencer cualquier adversidad. Este relato es mi testimonio de resiliencia y amor inquebrantable hacia mi hijo, quien me motiva a ser mejor cada día.