A veces, el camino se siente demasiado pesado. Hay días en los que me despierto con la intención más pura de hacer las cosas bien, de ser la mejor versión de mí misma, pero de repente, sin entender el porqué ni el cómo, las cosas salen mal. Me pierdo en el proceso, cometo errores que no planeé y me quedo ahí, parada, tratando de descifrar en qué momento fallé.
Lo que más duele es que, a menudo, no es mi propia reflexión la que me detiene, sino las palabras duras de los demás. Parece que necesito que alguien me señale el error, que me juzgue o me critique, para poder reaccionar y recapacitar. Y en ese silencio que queda después de la crítica, me invade una culpa asfixiante. Me siento responsable de cada grieta, de cada malestar que ocurre a mi alrededor, como si el peso del mundo dependiera de mis decisiones.
Pero hoy me detengo a decirme esto: no soy perfecta.
Nadie nace con un manual de instrucciones. Nadie nació sabiendo cómo navegar las tormentas de la vida o cómo hablar con la fluidez que tenemos hoy. Yo no aprendí a caminar sin caerme, ni aprendí a hablar sin equivocarme. La vida es, en esencia, un aprendizaje constante que a veces requiere de errores inconscientes para que podamos identificar qué es lo que no queremos repetir. A veces, hay que equivocarse para entender el valor de la rectitud.
Acepto que mi camino tiene tropiezos, pero también acepto que estoy en proceso. No necesito tener todas las respuestas hoy; solo necesito la voluntad de aprender y seguir adelante.
Al final, confío en que todo encontrará su equilibrio. Aunque ahora todo parezca un caos, guardo la esperanza de que cada situación encontrará su solución y cada herida su arreglo. Por eso, elijo soltar la culpa que no me pertenece y poner todo en las manos de Dios. Él es el único que me conoce de verdad, el único que me escucha sin juzgar mis sombras, y el único que sabe exactamente qué tiene preparado para mi futuro. En Su voluntad, descanso.