Jenny Reyes así que con este corrido, pongan todos atención,
para aquellos que en la calle son de buena condición,
pero cruzan de su casa la frontera del terror
y desarman a su esposa con palabras de dolor.
No le pega con los puños, dice que eso es de bajón,
él le pega en el alma, que es una peor prisión,
le va tirando el orgullo, la hace dudar de su mente,
"tú estás loca, estás demente", le repite diariamente.
La aísla de sus amigos, de su madre y sus hermanos,
y cuando ella se deshace, él va y se lava las manos.
Se disfraza de inocente, de marido complaciente,
mientras le arranca la vida por debajo del tapete.
¡Ay, qué bonita familia!, dice la gente allá afuera,
mientras adentro en la casa se vive una pesadilla.
Él se limpia la conciencia con la saliva de un santo,
pero Dios está mirando de la mujer el quebranto.
Y cuando el río suena fuerte y la verdad se destapa,
el cobarde busca amigos, busca escudo y busca capa,
"Yo le di todo en la vida, ella solita cambió",
va contando por las calles el que la soga apretó.
Quiere quedar bien con todos, mantener su buena fama,
el perfecto caballero que a su esposa tanto ama.
Pero el traje de buen hombre le queda muy apretado,
porque el llanto de esa casa ya lo tiene sentenciado.
Ya me despido de todos, ya se apagó la guitarra,
un saludo pa' los hombres que la culpa no les garra.
La fachada de la iglesia no les quita lo demonio,
al que destruye una vida dentro del matrimonio.