Epílogo: La arquitectura del caos
Querido diario:
He llegado a la última página de este cuaderno, pero mi mano sigue temblando sobre el papel, como si no quisiera soltar el único lugar donde he podido ser yo misma sin miedo al juicio. Escribir estas memorias ha sido como realizar una autopsia a mi propio espíritu: he tenido que abrir cada herida, tocar cada cicatriz y reconocer que, a pesar de todo el veneno que ha corrido por mis venas, el corazón sigue latiendo con una fuerza que me asusta.
El desorden no se va a ir mañana. Sé que habrá mañanas en las que el eco de la voz de mi padre volverá a sonar en mi cabeza, o tardes en las que el vacío que dejó mi hermana se sentirá como un agujero negro que quiere tragárselo todo. Sé que la tentación de la "amante de cristal" me esperará en cada esquina, ofreciéndome ese alivio falso que ya conozco demasiado bien. Pero hay algo que ha cambiado para siempre: ya no soy una espectadora de mi propia desgracia.
Anoche me quedé mirando la carta que le escribí a él. Pensé en nosotros, en dos mentes que saben de astronomía y de ciencia, perdidas en un barrio que solo entiende de supervivencia. Me di cuenta de que nuestra inteligencia no es un adorno, es nuestra balsa de salvamento. Si somos capaces de entender el cosmos, somos capaces de rediseñar nuestra propia existencia. No acepto más el destino que otros escribieron para mí. Mi madre eligió Barcelona; mi hermana eligió el olvido; mi padre eligió la furia. Yo elijo a Izan.
Mañana, cuando entre en la casa cuna, no miraré al suelo cuando pase frente a los trabajadores sociales. Los miraré a los ojos. No porque sea perfecta, sino porque soy real. Soy una mujer que ha bajado a los infiernos y ha vuelto con un libro bajo el brazo. Cada vez que abrazo a mi hijo, siento que estoy reconstruyendo el mundo, pieza por pieza, beso a beso. Sus manos pequeñas son los cimientos de mi nueva casa, una donde no habrá gritos, ni básculas de precisión, ni sombras escondidas tras las cortinas.