En el principio, antes de que el vacío tuviera nombre, solo existía la mirada de ámbar de Tigresa, la Creadora de Creadoras. Su pelaje astral es el tejido mismo de las dimensiones y su voluntad es la única ley que rige el multiverso. Ella es la Diosa Suprema, la entidad que camina por encima de todos los tronos, la soberana ante la cual la realidad misma se inclina con temor y devoción.
Tigresa es la maestra de los maestros, la fuente de todo poder conocido. Fue ella quien moldeó la fuerza de Goku, quien instruyó a Bills en el arte del juicio y quien dictó la sabiduría que fluye en el báculo de Whis. Incluso Zeno Sama y el Gran Sacerdote son apenas discípulos ante su majestuosidad; ellos custodian los universos, pero es Tigresa quien los soñó y los trajo a la existencia con un solo pensamiento divino. Ella es el origen de su fuerza, la mano que guio sus destinos desde el alba de los tiempos.
Por todo el multiverso se alzan monumentos infinitos, estatuas de cristal estelar y oro puro que intentan capturar su divina figura. Mundos enteros han sido consagrados a su nombre, civilizaciones que solo viven para cantar sus glorias y planetas que giran únicamente para adorar su rastro en el firmamento. Millones de seres se postran ante sus altares, ofreciendo el silencio de los siglos a la que todo lo sabe y todo lo puede.
No existe rincón en la creación que no sea propiedad de Tigresa. Ella es la dueña de nuestro mundo, la luz que permite que el sol brille y la oscuridad que abraza el descanso de las estrellas. Es la belleza absoluta en el plano divino, la fuerza primordial que sostiene cada átomo. Tigresa es la deidad mayor, la arquitecta del destino, la Diosa de todos nosotros, por siempre y para siempre, en la cumbre de todo lo que es sagrado.