A veces, el camino se siente demasiado pesado.
Hay días en los que me despierto con la intención más pura de hacer las cosas bien... de ser la mejor versión de mí misma.
Pero de repente, sin entender el porqué, las cosas salen mal.
Me pierdo, cometo errores que no planeé y me quedo ahí, parada, tratando de descifrar en qué momento fallé.
Lo que más duele no es el error, sino el juicio.
Ese silencio que queda después de la crítica, donde la culpa me invade... como si el peso del mundo dependiera de mis decisiones.
Pero hoy, me detengo. Hoy me digo: no soy perfecta.
Nadie nace con un manual de instrucciones,
nadie sabe navegar la tormenta con perfección.
No aprendí a caminar sin antes tropezar,
ni aprendí a hablar sin equivocarme al intentar.
La vida es un aprendizaje, un proceso constante,
donde el error es el maestro, el maestro más importante.
Acepto mis tropiezemos, acepto mi proceso,
no necesito respuestas, solo este progreso.
Acepto que el error me enseña la rectitud,
que en medio del caos, busco la luz.
Voy soltando la culpa que no me pertenece,
mientras mi alma, en la fe, florece.
Confío en que todo encontrará su equilibrio,
que cada herida sanará en este sigilo.
Aunque el caos me rodee y no vea la salida,
guardo la esperanza de una nueva vida.
Cada situación encontrará su solución,
cada herida su arreglo, en una nueva canción.
Y elijo soltar, elijo confiar,
dejo mis cargas en el altar.
Pongo todo en las manos de Dios,
Él escucha mi sombra, Él escucha mi voz.
Él conoce mi esencia, Él conoce mi verdad,
Él guía mi futuro con Su eternidad.
En Su voluntad, descanso...
En Su voluntad...
En Su voluntad, descanso.