Me sentenciaron al olvido sin derecho a fianza,
ella se llevó las llaves y hasta la esperanza.
Dejé mi orgullo empeñado en aquella cantina,
donde el desprecio de su amor todavía me domina.
Dijo el juez de mi vida que yo era el culpable,
por quererla de forma tan poco razonable.
Me acusan de borracho, me acusan de perdido,
pero nadie pregunta por qué me han herido.
Miren estas ojeras, son pruebas contundentes,
de las noches que paso gritando su nombre entre la gente.
Mesero, traiga otra ronda, que hoy la ley es clara:
el que más ha querido, es el que más caro la paga.
¡Y que me dicten la pena de muerte en la barra!
Que me entierren con botellas y el son de esta guitarra.
Condenado a beber, sentenciado a sufrir,
si no tengo sus besos, ¿para qué quiero vivir?
Que se anote en el acta que muero por ella,
brindando mi juicio... ¡al fondo de esta botella!
¡Ayayay, que pase la siguiente botella, señor Juez!)
No pido clemencia, ni busco abogados,
los crímenes de amores no son perdonados.
Prefiero la cárcel de este bar tan oscuro,
que andar por la calle fingiendo que soy duro.
¡Y que me dicten la pena de muerte en la barra!
Que me entierren con botellas y el son de esta guitarra.
Condenado a beber, sentenciado a sufrir,
si no tengo sus besos, ¿para qué quiero vivir?
Que se anote en el acta que muero por ella,
brindando mi juicio... ¡al fondo de esta botella!
Aquí termina el caso de un hombre acabado,
que por culpa de un beso, quedó sentenciado.