En la plaza de Villahermosa tronaron las balas,
la Barredora mandó el golpe, no hubo palabras.
El Lobo Mayor con sus tres hermanos,
Chuy, el Loko y el menor, siempre bien armados.
Los Lobitos cuidaban a la niña comandante,
del grupo de las hadas, firme y elegante.
Se escuchó el rugido, se quebró la calma,
la plaza se tiñó de rojo, retumbaron las metrallas.
Las calles olían a pólvora y muerte,
los gritos mezclados con sangre caliente.
El poder se mide con plomo y coraje,
quien no aguanta el fuego, no sirve para este jale.
Después de la guerra, esa tarde pesada,
la gente se miraba con miedo en la cara.
Decían en voz baja, con duda y con pena:
“¿Qué hará el Lobo Mayor si le tumbaron a dos de su familia?”
Veinte cayeron del lado de la Barredora,
dos de los Lobos, pero dejaron historia.
El Loko y el menor dieron su vida,
“nos chingaron la familia, y con rabia contenida”.
El suelo temblaba con pasos de guerra,
la plaza marcada, Villahermosa recuerda.
Clave de poder, respeto en la mirada,
“el que manda no habla, nomás da la entrada”.
El humo cubría la luna de mayo,
los cuerpos tirados, silencio de barrio.
La niña comandante salió protegida,
los Lobitos cumplieron, aunque costó la vida.
Dicen que el Lobo Mayor no perdona,
que su sombra recorre la zona.
El Chuy y los suyos juraron venganza,
la sangre se paga, no existe balanza.
Así quedó escrito en corrido y memoria,
la plaza bañada en guerra y victoria.
Villahermosa sabe quién impone la corona,
los Lobitos rugieron, la Barredora se desploma.
Y en cada cantina se escucha el relato,
del fuego cerrado, del plomo barato.
Que el que se mete con lobos no sale,
porque en este juego se paga con sangre.