En la ciudad de La Paz, entre calles empinadas y días fríos, vivía una niña de 5 años llamada Nayeli. Desde muy pequeña acompañaba a su madre a trabajar. Algunas veces vendía té caliente para espantar el frío de los atardeceres, otras veces ofrecía maletines en un puesto donde la gente caminaba de paso para llegar a su destino.
Nayeli aprendió pronto que la vida no esperaba a nadie. Mientras otros disfrutaban de su niñez, ella se encontraba vendiendo lo que le asignaban y observando el mundo desde otra perspectiva.
El día de hoy conocí a un hombre que logró hacer palpitar mi corazón. Llegó a mi vida como llegan algunas tormentas de repente, con promesas que endulzaron mi alma. Al inicio me trajo alegría, pero poco a poco el ambiente de mi casa se volvió amargo, como cuando comes un caramelo al principio dulce y al final amargo.
Mi hija Nayeli todavía siendo una niña, observaba todo sin comprenderlo por completo. Para ella el mundo de los adultos era desconocido, lleno de cosas que no tienen explicación.
Pasó un tiempo y la vida siguió su rumbo. La madre volvió a quedar embarazada y nació una pequeña niña que llegó como una luz en medio de tanta oscuridad. Nayeli la miraba dormir y sabía que su deber era protegerla.
Pero aquel hombre que había llegado con promesas desapareció un día sin despedirse. Se fue como se va el sol al atardecer, sin dejar más que recuerdos confusos.
Me encontraba caminando por la noche, cansado, cuando a lo lejos alcancé a ver a una mujer vestida de negro. Me generó una sensación inexplicable. Me acerqué más y sentí la necesidad de seguirla sin control alguno. De un momento a otro llegué al borde de un precipicio, y lo único que hice fue dar un paso. Desde entonces ya no me encontraba.
Desde entonces quedaron solo tres: la madre, Nayeli y la pequeña hermana.
Dicen que en las noches frías de la ciudad, donde el viento baja desde las cumbres, el Illimani no solo es un símbolo de la ciudad, sino que es un protector de La Paz, y que posee un espí