Cuando te conocí me llamaste totalmente la atención,
aunque pensé que no era tu gusto, me ganó el corazón.
Pero estaba escrito en el destino, no fue casualidad,
que tú y yo estuviéramos juntos por toda la eternidad.
Ahora ya estamos casados y no puedo arrepentirme,
de haber conocido a un hombre con esos ojos bellos, tan fuerte.
Ese estilo elegante, tu fe impresionantemente hermosa,
el padre de mis hijos, mi paz, mi aurora.
Y ahora ya estamos casados,
no hay razón para arrepentirme.
De haber conocido a un hombre
con esos ojos bellos que me hacen sonreír.
Con tu estilo elegante, tu fe tan hermosa,
el padre de mis hijos, mi paz y mi gloria.
Y como dice la Palabra, con amor infinito:
"Lo que Dios unió, que el hombre no lo separe".
Tu fe impresionante, un faro en mi camino,
me guía cada paso, me da abrigo.
Eres el hombre que soñé sin saber,
el que Dios me entregó para envejecer.
Fíjate si no era casualidad, todo estaba escrito:
un día lluvioso esquivé charcos, anduve sin sentido.
Tomé por una calle que nunca cogía, sin saber,
y nos topamos en el mismo lugar, la misma hora, otra vez.
Ese día yo te había hecho un dulce, quería sorprenderte,
te llamé y no contestaste, no pude encontrarte.
Habías dejado el teléfono en casa, no lo sabía,
andabas picando hierba para los conejos, mientras yo te escribía.
Sin haberlo podido localizar, iba un poco triste para casa,
pero ocurrió la magia, y tu presencia me abrazaba.
No era casualidad, era Dios escribiendo esta historia,
uniendo nuestros pasos en medio de la lluvia y la gloria.
El amor es sufrido, es benigno;
el amor no tiene envidia, no es jactancioso,
no se envanece; no hace nada indebido,
no busca lo suyo, no se irrita,
no guarda rencor; todo lo sufre,
todo lo cree, todo lo espera,
todo lo soporta. El amor nunca deja de ser.
1 Corintios 13:4-8.
Estaba escrito en el destino...