XI. La Amante de Cristal: Sustento y Ruina
Querido diario:
Hoy tengo que ser brutalmente honesta conmigo misma. No puedo hablar de mi desorden sin hablar de ella: la cocaína. Mi relación con este polvo blanco es la paradoja más grande de mi existencia. Es el motor que me permite pagar el alquiler y la cadena que me impide salir de esta celda invisible.
Por un lado, es mi sustento. Durante seis años, ella ha sido la que ha puesto la comida en la mesa cuando el mundo nos dio la espalda a mi hermana y a mí. En los barrios donde la esperanza no llega, la calle te ofrece sus propias salidas. Aprendí a manejarla, a pesarla, a cortarla y a venderla con una precisión casi científica. Mi inteligencia se puso al servicio del negocio; aprendí de logística, de psicología del cliente, de vigilancia. Gracias a ella no acabé durmiendo en un cajero. Ella me dio el poder que nunca tuve de niña: el poder de tener dinero en el bolsillo y no tener que pedir permiso a nadie para existir.
Pero, por otro lado, es mi ruina. Es una amante celosa que no quiere compartirme con nadie, ni siquiera con mi hijo.
Lo peor de este negocio no es venderlo, es que el producto terminó por colonizarme a mí también. Empezó como un apoyo para aguantar las noches en vela, para silenciar el eco de los gritos de mi infancia, para no sentir el vacío que dejó mi hermana. Pero el alivio es una mentira que se cobra intereses altísimos. La cocaína me ha dado una falsa sensación de control mientras, por debajo, me iba demoliendo los cimientos.
Es una ironía sangrienta: vendo libertad en bolsitas mientras yo me convierto en una esclava. El dinero que gano con ella es "dinero maldito". Es un dinero que quema en las manos porque sé de dónde viene. Viene de la desesperación de otros, de la misma desesperación que se llevó a mi hermana. Cada vez que consumo, siento que estoy traicionando su memoria. Cada vez que consumo, me alejo un kilómetro más de la cuna de Izan.
La ruina no es solo económica, es moral. Me duele sabe