Un diecisiete de mayo,
mi Camagüey volvió a florecer.
A las tres y media de la tarde
llegaste para hacerme renacer.
Desde el instante en que supe de ti,
ya te llevaba en el corazón.
Eras el sueño que tanto esperaba,
mi más hermosa bendición.
Con tus rizitos rubios al viento,
tu carita llena de luz,
eras mi gordito consentido,
el regalo más bello de Dios.
(Coro)
Y yo te preguntaba bajito:
"¿Serás mi amigo y mi compañero?
¿Serás quien me cuide cuando papá no esté?"
Y sonriendo respondías:
"Sí, mamá... siempre."
Desde entonces supe, hijo mío,
que Dios me había regalado
un corazón noble y sincero.
(Verso 2)
Fuiste un niño dulce y cariñoso,
de abrazos que curaban el dolor.
Con tu sonrisa iluminabas
cada rincón de nuestro hogar.
Hoy ya eres todo un hombre,
responsable y de gran valor.
Cuidas con ternura a tu hermano Carlos,
y eso llena de orgullo mi corazón.
Sé cuánto amas los caballos,
cómo disfrutas verlos correr.
Y cuando persigues tus sueños,
yo también sueño al verte crecer.
(Puente)
Quiero que nunca olvides, hijo,
que desde antes de nacer
ya ocupabas un lugar inmenso
que nadie podrá tener.
No cambies nunca esa nobleza,
ese corazón lleno de bondad.
El mundo necesita personas como tú,
capaces de amar de verdad.
(Coro Final)
Mi compañero, mi chiquitico,
mi gordito del corazón,
gracias por regalarme
tantos años de amor.
Que la vida siempre te sonría,
que Dios te cuide donde estés.
Y nunca dudes, hijo mío,
de cuánto te amamos papá y yo.
Porque fuiste amado desde el primer instante,
porque eres orgullo y bendición.
Y mientras exista mi vida,
siempre tendrás un hogar
dentro de mi corazón.
(Final)
Roberto Carlos...
mi niño, mi amigo, mi compañero.
Gracias por elegirme como tu mamá.
Te amaré por toda la eternidad