Con permiso voy cantando
como canta el payador,
pa’ contarle a todo el mundo
lo que guarda el corazón.
Porque Dios me dio la dicha
de cruzarte en mi camino,
y desde aquel primer día
ya no anduve más perdida.
Me hace feliz tu presencia,
tu forma de hablar y andar,
porque al lado tuyo, vida,
todo se vuelve claridad.
Tenés mirada serena
y un corazón de verdad,
de esos hombres que hoy en día
cuesta mucho encontrar.
Y yo siento un gran orgullo
cada vez que hablo de vos,
porque sos hombre de campo
con coraje y con honor.
Orgullosa soy, mi cielo,
de que seas quien sos vos,
de tu alma tan derecha
y de tu noble corazón.
Orgullosa de que seas
un Mencho firme y cabal,
de esos que pisan la tierra
y no se saben achicar.
Te he visto sobre el caballo
con temple y seguridad,
y así como domás potros
mi amor supiste domar.
Pero no fue con riendas duras
ni con fuerza o con rigor,
fue con tu risa tan linda
que me robaste el amor.
Desde entonces mi destino
quedó enlazado al tuyo,
como el lazo que se afirma
cuando lo tira un orgullo.
No hay riqueza en este mundo
ni tesoro en un cajón
que se compare siquiera
con lo que siento por vos.
Porque este amor que te tengo
no se puede comparar,
ni medir con otra cosa
que no sea eternidad.
Yo quiero ser tu compañera
mientras Dios me deje andar,
caminar todas las huellas
que la vida quiera dar.
Compartir mate y silencios,
las alegrías también,
estar firme a tu ladito
en lo bueno y lo que esté.
Hasta mi último suspiro
quiero a tu lado quedar,
ser abrigo de tu alma
y tu descanso al final.
Y si la vida pregunta
qué fortuna me tocó,
diré orgullosa y contenta:
“Mi Mencho y su gran amor.”
Porque si algo tengo claro
y lo repite el corazón,
es que nací pa’ quererte
con toda mi devoción.