Entre el correr de los días y la rutina del trabajo,
coincidieron nuestras vidas, de arriba hacia abajo.
Lo que empezó en un pasillo como el día a día,
se convirtió en complicidad, en apoyo y alegría.
Ha pasado tanto tiempo desde aquel primer momento,
y hoy eres en mi vida un gran pilar, un fundamento.
Gracias por las horas compartidas, por estar siempre ahí,
por ser el refugio seguro donde tantas veces me vi.
Esas llamadas eternas que desafían al desvelo,
hablando toda la noche bajo el mismo cielo,
donde el tiempo no corre y las horas se van,
en charlas que sanan y que calma nos dan.
Me haces reír cada día, sin falta, sin tregua,
borrando cualquier tristeza por larga que sea.
Tu risa es el eco que alegra mis días,
cambiando los grises por mil alegrías.
Hoy la distancia me pesa y te extraño un montón,
hace falta tu presencia, tu luz, tu sazón.
Porque eres alguien valioso, una luz esencial,
para mí, Josué, eres un ser muy especial.
Gracias por estar conmigo en las buenas y en las malas,
por ser ese amigo eterno que me presta sus alas.
Hoy solo quiero decirte, con cariño sincero:
gracias por tu existencia y por todo lo que te quiero.