Manuel Ortiz Guerrero: «Carta de Guaran’í a España»
Un tiempo aquí fui rey, señora mía; yo soy aquél que fue el desnudo dueño del melódico bosque en donde había las grutas milagrosas del ensueño.
Fue mío el cerro que descansa a solas, el glauco espartillar también fue mío; las piraguas danzantes en las olas fueron mías también, y mío el río.
Yo soy el rey desnudo y poderoso que un tiempo aquí reinó, señora mía; mi corona de plumas, el saudoso yataí rememora todavía.
En mis bosques de oscuras doradillas, sin nada que envidiar –paz ni fortuna– estático adoraba de rodillas, la lívida hermosura de la luna.
Yo soy aquél que bajo la arboleda donde el guayabo en flor de aroma abraza, con mi agreste mimby de son de seda llorar hacía el alma de mi raza.
Fui dueño de un imperio fabuloso con sierras de diamante y ríos de plata, y el idioma que tuve era oloroso a selva, a plenitud de fuerza grata.
Desde los karaivé de mar sonoro, hasta el Urugua’y, manso extendía bajo la Cruz del Sur mi cetro de oro...
¡España: aquí fui rey! Hasta que un día, llegaron tus terribles bergantines con tus hijos blindados de coraza, que en justas de arcabuces y espadines arrasaron mi reino con mi raza.
Y entonces ¡perdí todo! ¡Perdí todo!
Mi cerro Lambaré, mis ríos, mis lomas, mis frescos ka’aguy que eran a modo de un pesebre nupcial a mis palomas.
Los blancos guyratï de mis esteros, el auriazul gua’a de mis palmares, mis bosques de ka’a con sus overos y elásticos mancebos: los jaguares; el dorado avatí de mi consumo, mi aromado petÿ de azul ceniza y el takuare’ê, con cuyo zumo la embriaguez se deleita y se eterniza.
¡Todo, todo perdí! Y hasta mi idioma que cual mi jerutí solloza y canta y como mi eireté, grato es de aroma..., perseguido agoniza en mi garganta.
Hasta mi universal Padre infinito: Tupã, señor de luz y de armonía, perseguido también, mira contrito suplantada su fe desde ese día.
Mis cobrizas doncellas, sin sus paños, se acostaron al pie de tus banderas con tus hijos de p