**(Verso 1)**
Cada mañana desde el otoño
me siento en el umbral con el café y el perro.
La nieve cubre el camino hasta el pino
y yo miro ese camino como miro todo:
despacio, sin parpadear.
Fui soldado. Aprendí a esperar.
Ahora espero carta de mi hijo en una guerra que no paro de escuchar.
Y espero algo más, desde el otoño,
desde que ella salió y el silencio llegó con las primeras heladas.
**(Verso 2)**
El perro sabe antes que yo.
Esa mañana levantó la cabeza hacia el este.
Dos sombras bajaban por la ladera
con el paso roto de los que ya no tienen adónde ir.
Los vi venir desde lejos.
Tenía tiempo. Me lo tomé.
Me paré. Entré. Saqué lo que había guardado
desde el día que aprendí que la guerra no avisa.
**(Pre-Coro)**
Bajaron hasta el portón.
Uno hablaba. El otro miraba el suelo.
Y yo los miraba como se mira a los que traen algo
que uno ya sabe pero necesita confirmar.
**(Estribillo)**
CUÁNTOS INVIERNOS EN ESTA PUERTA.
Uno en la guerra. Ella en el silencio.
CUÁNTAS MAÑANAS EN ESTA LADERA
con los ojos de quien ya terminó de tener miedo.
La nieve cubre todo.
Todo menos lo que sé.
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**(Voz de la guerra — primera aparición)**
Nadie vuelve igual.
Nadie vuelve completo.
Algunos no vuelven.
Eso es todo.
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**(Verso 3)**
El más alto llevaba algo bajo el brazo.
Un color que yo conocía mejor que mi propio nombre.
La bufanda que le tejí el invierno pasado,
la que ella se puso el día que salió por última vez.
¿De dónde sacaron eso?, les pregunté.
No necesité levantar la voz.
Los que han visto lo que yo he visto
no necesitan gritar para que el mundo entienda.
**(Verso 4)**
El más alto empezó a explicar algo.
Palabras. Más palabras. El frío.
El perro no se movió.
Yo tampoco.
Los miré a los ojos uno por uno
como me enseñaron a mirar cuando hay que decidir.
La cabaña a mis espaldas. El pino. La nieve.
Y ella, ausente desde el otoño, presente en ese color.
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**(Puente — voz de la guerra, plena)**
Nadie vuelve igual.
Nadie vuelve completo.
El frío no pregunta.