Esa noche el aire cambió de golpe.
Yo estaba sentado, esperando el final del día,
cuando escuché el primer estallido a lo lejos.
No fue un trueno, fue el sonido del cristal hecho añicos.
Me asomé por la cortina y vi las antorchas.
Eran mis vecinos, eran los hombres del bar,
pero sus caras ya no eran humanas.
Tenían el brillo del odio quemándoles los ojos.
(Verso 2)
Corrí a la puerta y eché todos los cerrojos,
como si la madera pudiera frenar la historia.
Abajo, la bota rítmica golpeaba el asfalto.
Escuché el grito de la mujer de enfrente,
y el silencio cobarde de los que no abrieron la luz.
El olor a papel quemado entró por las rendijas,
eran los libros, eran las fotos, era el pasado
volviéndose humo negro en la mitad de la calle.
(Pre-Coro)
Ya no hay dónde esconderse.
El miedo me aprieta la garganta.
Puedo escuchar cómo suben los escalones.
Uno.
Dos.
Tres...
(Estribillo)
¡MIREN MI CIUDAD ARDER!
Bajo el peso de un uniforme de hiel.
¡MIREN EL VIDRIO CAER!
Como lluvia de plata sobre mi piel.
Hoy el hermano es el lobo del hombre,
hoy han borrado mi cara y mi nombre.
(Verso 3)
Entraron sin llamar, con el hierro en la mano.
Vi mis espejos morir bajo sus culatas,
vi mis recuerdos pisoteados por el barro.
"¿Por qué?", quise gritar, pero el golpe fue seco.
Me arrastraron afuera, entre la muchedumbre,
y vi la sinagoga envuelta en lenguas rojas.
Nadie miraba a nadie. Todos bajaban la vista.
El cielo estaba sucio de una nieve que no era fría,
era la ceniza de todo lo que alguna vez amé.
(Verso 4)
Me subieron al camión con el resto de los sombras.
A través de las tablas vi mi casa alejarse.
Vi al panadero limpiar su vereda de cristales,
sin mirar al camión, sin decirme adiós.
La ciudad seguía ahí, pero ya estaba muerta.
Solo quedaba el rastro de la fiera que despertó
y el eco de un vidrio roto que nunca va a parar
de sonar en mi cabeza.
(Puente)
Griten si quieren, nadie los oye.
Recen si pueden, el cielo es de cal.
La noche es eterna, el fuego es la ley,