A veces miro al techo
y me pregunto dónde fui,
en qué momento el que soñaba
se olvidó de sonreír.
Tengo cosas que no cuento,
por miedo a que duelan más,
y recuerdos que aparecen
cuando todo queda en paz.
Me acostumbré a decir “estoy bien”
aunque no fuera verdad,
a esconder lo que me pesa
para no preocupar a los demás.
Y qué raro es crecer,
porque nadie te prepara
para extrañar a personas
que juraste que no se irían.
Hay noches en las que pienso
que quizás llegué tarde a todo,
que todos encontraron su camino
mientras yo sigo buscando el mío.
Pero mañana sale el sol,
aunque hoy no quiera mirarlo,
y quizás eso sea suficiente:
seguir acá, seguir intentando.
No quiero ser el más fuerte,
ni fingir que nada me afecta.
Quiero aprender a perder
sin sentir que pierdo mi vida entera.
Porque todavía tengo sueños,
aunque algunos estén rotos,
y mientras quede una pequeña parte de mí
que quiera intentarlo otra vez,
voy a levantarme.
No porque no duela,
sino porque algún día
quiero mirar hacia atrás
y decir:
“Todo aquello que casi me derrumbó
también me enseñó a seguir.”