Te paras frente al viento y gritas que lo dominas.
Te miras al espejo y crees que controlas cada ola, cada paso, cada destino.
Te vistes de dueño, presumes de mando, como si el universo entero se inclinara ante tu voluntad.
Hace dos mil años un hombre que no tenía nada te explicó la verdad,
y aquí sigues, ciego y orgulloso, persiguiendo espejos dorados y sombras prestadas.
Vamos a dejarlo claro, sin suavizar, sin adornos:
hay lo que es tuyo… y hay lo que solo crees que es tuyo.
Dices que trazas tu propio rumbo, que tú eliges cada detalle,
que el dinero, la salud, la fama y el cariño están bajo tu llave.
¡Qué soberbia tan ridícula! Qué cuento tan bien aprendido.
Crees que puedes amarrar las mareas, parar la lluvia, cambiar lo que está escrito.
Epicteto lo marcó con letras de fuego: tu reino está solo en tu interior.
Tus juicios, tus deseos, tus miedos, tu forma de ver lo que pasa a tu alrededor.
Ahí sí eres absoluto, ahí nadie te ordena, nadie te limita,
nadie te puede arrebatar tu criterio, tu temple, tu propia caminata.
Pero todo lo demás: tu cuerpo que envejece, la opinión ajena, la fortuna que va y viene,
el puesto que pierdes, el aplauso que se acaba, la salud que se desvanece…
eso no lo decides tú, por más que grites, por más que te enojes,
por más que te desgastes luchando contra corrientes que no obedecen a nadie.
Y ahí llega tu frustración, tu queja, tu ofensa fingida:
“¿Por qué a mí? ¿Por qué no es como yo quiero?”
Como si el mundo existiera solo para cumplir tus caprichos,
como si intentar agarrar agua con el puño fuera una estrategia ganadora.
Y luego sacas tu excusa favorita: “me hirieron, me faltaron al respeto, me dañaron”.
¡Por favor! Qué forma tan torpe de regalar tu poder al primero que pase.
Un insulto es solo ruido, una palabra vacía que vuela en el aire,
no tiene filo, no tiene veneno… a menos que tú decidas dárselo en tu mente.
La muerte, el dolor, la pérdida… ¿son males en sí mismos?
No, necio, lo que te tortura es el miedo que tú les pones, la