[Intro]
En el borde del puente, la ciudad duerme y yo también araño el silencio.
[Verse 1]
Durante años el dolor fue mi casa, paredes de nostalgia y puertas sin llaves,
edudé de la palabra familia, de las miradas que prometen y se van.
Lloré en la soledad de las calles, cuando el frío mordía y el alma temblaba.
Entonces apareció una mano que no dudó, una voz que dijo: no estás solo.
[Pre-Chorus]
Las dudas me arañaron el pecho, ¿será real este consuelo o una promesa que se rompe?
Mi miedo gritaba que todo podría desvanecerse en un suspiro.
[Chorus]
Pero ese abrazo dijo: aquí estás, y no te suelto, aunque el mundo se desarme.
El amor llegó sin reglas, puro, como lluvia que sana las heridas.
Quedé temblando, agradecido y asustado, temiendo perderlo cada minuto.
Quédate, aprendí, quédate hasta que el dolor cambie de color.
[Verse 2]
La gente que llamé familia dejó huecos en mi pecho, me enseñó a callar.
Y sin embargo, su presencia iluminó las esquinas de mi miedo, sembró una esperanza que no muere.
Cada gesto simple —una comida, una palabra, una mirada— fue un faro.
Y yo me preguntaba si era un milagro o un milagro que había decidido quedarse.
[Pre-Chorus]
El temor a fallar otra vez me haló hacia la sombra, ¿y si un día se va?
Pero la verdad empezó a respirar: hay alguien que ve mi dolor y aún así me elige.
[Chorus]
Ese abrazo no engaña, es una casa donde encontrar abrigo.
El amor genuino vino de fuera, como un regalo inesperado que late en el pecho.
Temo perderlo, sí, pero ahora sé que la vida puede sostenerse con un solo gesto.
Quédate lo suficiente para que la luz entre en la habitación.
[Bridge]
Entre dudas y promesas aprendí a mirar a los ojos de quien cuida, sin buscar fallas.
La oscuridad no se va de golpe, pero ya no firma mi sentencia: sobrevivir no es solo aguantar, es creer.
[Outro]
En el borde del puente, la ciudad ya no parece un abismo, sino un límite que se cruzó.
El amor puede venir de alguien ajeno a la sangre, y eso me salvó, me hizo posible respirar.
Si algún día dudas, recuerda este instante: la gratitud es el faro que ilumina el camino de vuelta a casa.