Me empezó a llamar la atención
su manera de ser tan serena,
no hacía falta alzar la voz
pa’ que yo sintiera sus penas.
Tenía un modo tan distinto,
tan firme y tan verdadero,
que sin darme cuenta, despacio,
se me fue metiendo en el pecho.
Primero noté su sonrisa,
clarita como amanecer,
después me quedé en sus ojos
color tierra después de llover.
Y en cada gesto sencillo,
en su forma de saludar,
había algo que me decía
“miralo bien… te va a marcar”.
Yo andaba en otro camino,
mi vida ya acompañada,
pero su mundo, despacio,
golpeó fuerte en mi mirada.
Sus costumbres tan marcadas,
bien de campo, bien de ley,
su respeto por lo suyo
me fue envolviendo la piel.
Y sin buscarlo siquiera
se volvió mi pensamiento,
lo que era suyo fue mío
y él fue mi sentimiento.
Su mundo empezó a atraerme,
su tierra, su identidad,
y cuando quise acordarme
ya era mi propia verdad.
Él empezó a ser mi mundo,
mi costumbre y mi ilusión,
porque siendo como es,
me domó sin intención.
Mencho y bien correntino,
de alma libre y corazón,
me enamoró completita
sin promesas ni actuación.
Y así fue que sin darme cuenta,
entre chamamé y atardecer,
me enamoré completamente
de su forma linda de ser.
Hoy digo sin tener dudas,
con el alma y con pasión:
me ganó como doma un potro,
pero con ternura y honor.