[Intro]
En la sombra camina mi alma, entre calles de dolor, sin un faro.
La noche pesa como cadenas de hierro que no se ven, pero duelen.
[Verse 1]
Cuento mis aflicciones en un susurro, bajo el peso de la era.
Mi corazón pregunta al cielo: ¿Dónde está tu piedad, Señor, que parecía eterna?
Las palabras son migas en un piso roto, y la paciencia parece un muro que no cede.
[Verse 2]
Ajusto mis pasos en la oscuridad, confiando en una promesa que apenas respira.
Aunque todo me diga que caiga, recuerdo que su misericordia se renueva cada mañana.
La esperanza es una chispa pequeña, temblando, que no se apaga pese al viento frío.
[Verse 3]
Siento la desolación como un río seco, que aún guarda ecos de una promesa antigua.
Mis dudas susurran, pero mi fe se aferra a lo que no se ve: una misericordia infinita.
Las cadenas de dolor se vuelven luz en el horizonte cuando pienso en su fidelidad.
[Verse 4]
En medio de la aflicción, hay silencio que adora, voz baja que implora sin gritar.
No hay illusiones de solución fácil, solo una certeza de que no soy abandonado.
La misericordia llega en la mañana, como agua que sacia sin preguntar por qué.
[Verse 5]
La noche insiste, pero mi fe respira; cada latido se vuelve oración contenida.
Si el llanto es mi lenguaje, que sea una fe persistente, paciente, que espera su cuidado.
[Verse 6]
Y cuando el dolor revele su peso, miro al interior y veo una luz que no cede,
la promesa de misericordia que no falla, la esperanza que sostiene mi pecho en soledad.
[Outro]
Así camino, con la sombra y la luz entrelazadas, hasta que amanezca su fidelidad.
Mi alma, aún atribulada, aprende a adorar en el silencio, a esperar en su misericordia.