(INTRO)
(Golpe seco de bajo, silencio breve. Un sonido de mazo de juez golpeando la mesa, seguido de risas fingidas que se apagan de golpe)
¡Silencio en la sala!
El juicio está abierto.
Acusado en el estrado: ser fiel a sí mismo.
Cargos: soberbia, presunción, no seguir el rebaño.
¿Su defensa? La verdad.
¿Su abogado? El tiempo, el único juez que no se deja comprar.
Escuchen bien, porque lo que voy a decir no es para agradarles: es para que se miren al espejo y vean lo que son.
(VERSO 1: EL JUEGO ETERNO DEL DESEO SIN FIN)
Me vienen a hablar de humildad los que viven de apariencias,
los que sueñan con lo que no tienen y desprecian lo que tienen.
El flaco se mata en el gimnasio soñando con volverse fuerte,
y cuando consigue músculos, sueña con no cansarse tanto.
El soltero grita que quiere amor, que se siente solo,
y cuando lo encuentra, llora por su libertad perdida.
El desconocido se desvive por un like, por una mirada,
y el famoso se esconde bajo sombrero porque ya no lo dejan en paz.
El empleado cuenta los minutos para salir de la oficina,
el desempleado pasa noches en vela buscando una oportunidad.
El niño corre soñando con ser grande, tener poder,
el adulto llora en silencio por volver a ser inocente.
El pobre sueña con monedas que le den seguridad,
el rico tiene la cuenta llena y no tiene tiempo para nada.
Todos corriendo en la misma rueda, como hámsters ciegos,
creyendo que la próxima meta por fin los hará felices.
¿No ven? Es el chiste más viejo del mundo, la ironía eterna:
la hierba siempre se ve más verde del otro lado de la cerca.
Te pasas la vida pidiendo lo que no tienes, y cuando lo alcanzas,
ya estás mirando la siguiente cosa que te falta por conseguir.
No es que te falte algo, es que te falta aprender a estar en paz,
mientras tu mente corre de un deseo a otro, nunca te alcanza.
La felicidad no es lo que consigues, es lo que aprendes a valorar,
y tú sigues ahí, corriendo detrás de un espejismo que nunca atraparás.
Te dicen que "el que mucho quiere, much