En el cielo que no pertenece al tiempo ni a la materia, los doce signos gobernaban en equilibrio absoluto.
Fuego, agua, tierra y aire coexistían en perfecta sincronía. No había guerras. No había traiciones. No había debilidad.
O eso creían.
—¿Por qué deberíamos amar a los humanos? —rugió Leo, envuelto en llamas doradas—. Son imperfectos y egoístas.
—Esto es absurdo —añadió Capricornio, firme como la montaña—. ¿Por qué peleamos siquiera por esos seres?
—¿Importa su existencia? —dijo Virgo, cruzando los brazos—. Nosotros somos mejores. ¿Cuál es la discusión?
El viento se agitó suavemente.
—¿No creen que… nos parecemos a ellos? —preguntó Acuario, con voz serena pero firme.
El silencio fue inmediato.
—Dices cosas sin sentido —replicó Leo, rodando los ojos—. Si tanto te gustan los humanos, ve con ellos.
Acuario apretó los puños.
—Lo que digo es que jamás les dimos una oportunidad. Tal vez podamos aprender algo.
—¿Aprender qué? ¿Su inmadurez? ¿Su egoísmo? —bufó Tauro.
—Los hemos observado por generaciones —sentenció Leo—. Solo saben destruir. No van a cambiar. Deja de soñar.
—Nuestro mundo es perfecto —añadió Virgo—. ¿Para qué mezclarnos con el caos?
Acuario sintió algo que los demás despreciaban: duda. Y esperanza.
Entonces alzó la voz.
—Hagamos una apuesta.
Las constelaciones titilaron.
—Cada uno elegirá un humano. Nuestra misión será demostrar que son egoístas, que no pueden cambiar. Si yo pierdo… ustedes decidirán el destino de ese mundo.
Pero si gano… mezclaremos nuestro mundo con el suyo.
Todos se miraron.
—Qué molestia —murmuró Virgo.
—No le veo lo divertido —gruñó Tauro.
—Mientras más rápido, mejor —dijo Capricornio.
Leo suspiró.
—Prepárate para perder. Los humanos son fáciles de romper.
Y entonces ocurrió.
Cada signo se transformó en un amuleto único:
Un colgante de fuego brillante.
Un anillo de piedra oscura.
Un brazalete de agua líquida.
Un dije de viento invisible.
Cayeron a la Tierra como estrellas fugaces.