(VERSO 1: EL JUEGO DE LOS DEMÁS)
Me hablan de triunfos, de medallas, de luces,
de lo que se ve, de lo que todo el mundo aplaude.
Me dicen qué es ganar, qué me toca conseguir,
como si mi vida fuera un guion que ellos escribieron.
Pero yo sé lo que es estar en la línea,
donde no hay cámaras, donde nadie te aplaude,
donde solo estás tú, tu conciencia y el silencio,
y tienes que decidir quién eres, sin que nadie te diga.
Eso es lo que llamo la victoria silenciosa:
no lo que ellos creen que debes tener,
sino lo que tu ser sabe que es verdadero,
lo que se materializa cuando dejas de pelear contra el curso.
Todo es consecuencia, nada es casualidad,
cada paso que das es lo que tu alma ya sabía.
¿Para qué preguntarle a la multitud lo que solo tú debes saber?
¿Para qué buscar aprobación cuando la respuesta está en ti?
La sociedad te vende que el éxito es ruido,
que necesitas mostrarlo, que necesitas que te vean.
Pero yo te digo: la verdadera fuerza no se muestra,
se lleva dentro, como la raíz que sostiene el árbol.
No necesito que lo entiendan, no necesito que lo crean,
solo necesito ser fiel a lo que soy.
Lo demás cae por su propio peso,
(VERSO 2: EL PRECIO QUE NO SE MIDE EN DINERO)
Me preguntan cómo lo hice, qué truco encontré,
y yo les digo que el precio no se paga con monedas.
Es sudor, es lágrimas, es sangre, es renuncia,
es dejar atrás todo lo que te hacía débil.
No hay ambiciones vacías, no hay promesas de humo,
lo que construyes con dolor nadie te lo puede quitar.
Hubo un tiempo en que intenté agradar a todos,
hacer feliz a cada uno, compensar lo que faltaba,
cambiarme para encajar en lo que ellos querían.
Pensé que eso era ser bueno, ser digno, ser aceptado.
Pero la respuesta siempre estuvo ahí, delante de mis ojos,
y yo no la veía, porque miraba hacia afuera en lugar de hacia adentro.
Esa era la llave: dejar de buscar fuera lo que solo yo tenía.
La puerta siempre estuvo abierta, solo tenía que atreverme a cruzarla.
Me enseñaron que el sacrificio no es una pérdida,