En un reino de piedra y sal, donde el tiempo se detuvo,
dos almas se juraron amor, un pacto que nunca estuvo
escrito en pergamino, ni sellado con anillo,
solo en la mirada de dos locos que no pidieron padrino.
Tú eras mi reina, yo tu rey, con corona de esperanza,
gobernábamos la noche, desafiamos la ordenanza.
Pero el destino es traicionero, como flecha de ballesta,
separó nuestros caminos, nos dejó con la respuesta.
No te pido que me esperes, no te pido que regreses,
solo quiero que recuerdes que en mi pecho hay una empresa:
guardar tu nombre en lo más alto, como reina de este castillo,
aunque hoy otro rey te abrace, aunque otro ocupe mi anillo.
¡OH, REINA MÍA! ESCUCHA MI VOZ,
QUE CRUZA LOS MUROS QUE PUSO EL DOLOR.
NO VENGO A PEDIRTE QUE VUELVAS A MÍ,
SOLO A RECORDARTE QUE EXISTO AQUÍ.
El laúd llora por ti, la flauta suspira,
el bajo profundo como el mar te mira.
No es una promesa, no es una oración,
es solo el latido de mi corazón.
Tú llevas mi nombre tatuado en la piel,
yo llevo tu risa como mi joyel.
Aunque hoy estemos lejos, cada cual con su cruz,
sé que en tu memoria aún vive mi luz.
No fue mentira lo que sentimos, fue verdad de la buena,
de esa que no se compra, de esa que no se frena.
La vida nos puso a prueba, nos cambió los planes,
pero el amor de rey y reina no entiende de afanes.
Así que vive, mi reina, sé feliz donde estés,
que la vida es una y hay que quererse después.
Pero si un día el camino te trae de vuelta,
aquí hay un rey que no cierra la puerta.
¡REY Y REINA! ¡REY Y REINA!
DOS ALMAS QUE EL VIENTO NUNCA FRENA.
AUNQUE HOY NO ESTEMOS, AUNQUE HAYA DISTANCIA,
SIEMPRE HABRÁ UN CASTILLO EN MI MEMORIA.
(Outro con laúd y flauta)
Siempre serás mi reina. Pase lo que pase. Cuídate mucho.