Juanito Caramelero
siempre iba al almacén,
con los ojos bien abiertos
y las manos sin ver.
—“Solo uno”, se decía,
—“nadie lo va a notar”,
pero el frasco cada día
se empezaba a vaciar.
Juanito Caramelero
corre rápido al salir,
las bolsitas en los bolsillos
no lo dejan ni sentir.
Dulce, dulce, sin pagar,
uno más y a escapar,
si no miran, si no ven,
nadie cuenta hasta diez.
La señora del mostrador
ya no vuelve a sonreír,
mira fijo los estantes
como si algo fuera a huir.
Y los otros chicos dicen:
—“eso no está bien, pará…”
pero Juanito se ríe
y no quiere escuchar.
Juanito Caramelero
ya no roba de a uno,
cada día un poco más,
como un juego sin rumbo.
Dulce, dulce, sin pensar,
todo es fácil de tomar,
si es pequeño, si es menor,
no hace daño, no señor…
Pero un día el frasco habló,
(no con voz, pero igual),
y el silencio en la tienda
empezó a pesar.
Los bolsillos ya no cierran,
las miradas pesan más,
y en el vidrio del mostrador
Juanito no se ve igual.
Ya no corre como ayer,
ya no ríe al escapar,
porque a veces lo que empieza
como juego… se queda atrás.
Dulce, dulce… ya no está,
lo que daba ese sabor,
porque el gusto de robar…
nunca viene solo, no.