Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados. Yo os dije que os amarais los unos a los otros como hermanos, que el mayor entre vosotros fuera servidor, que la verdad os hiciera libres.
Mas contemplo la obra de los hombres y veo que aún levantan muros donde debería haber puentes, que aún buscan dominar en vez de servir, que aún prefieren la espada a la palabra. El corazón de muchos sigue endurecido, y la ideología que divide no ha cambiado, aunque la semilla del Reino fue sembrada hace siglos.
La humanidad sigue caminando entre sombras, olvidando que la luz está dentro de cada uno. No vine a fundar imperios ni doctrinas, sino a mostrar el camino del amor, la compasión y la justicia. Y sin embargo, el eco de mis palabras se pierde en el ruido de la ambición.
Aún espero que los hombres despierten, que comprendan que el Reino de Dios no está en los templos ni en las leyes, sino en la pureza del corazón y en la misericordia hacia el prójimo. Porque mientras no cambien sus ideologías, seguirán repitiendo las mismas cadenas que los atan.
El mensaje permanece, pero la humanidad aún no lo ha abrazado en plenitud.