No tenía prisa ni tenía risa,
porque en mi alma muy bien sabía
que Dios siempre me acompañaría
en cada momento de mi destino.
Aquel proceso me hizo más fuerte,
guiando mis pasos por el camino.
Aunque aquel día el diagnóstico
que me dieron no era por juicio,
comprendí que todos tenemos
que pasar por un proceso difícil.
Aunque en mis rezos no pedía por mí,
hice lo que pocos se atreven al principio.
Hice lo que pocos harían en la vida:
aprender a vivir sin tener que rendirme.
Hoy les digo a todos que la vida nos hace más fuertes,
si crees en Dios en el camino, nada puede hundirte.
Porque Él es el único que es capaz de salvarte
en cualquier ocasión, por duro que sea el dolor,
solo cree en Dios, que estará presente
siempre guiando nuestra sanación.
Para demostrar que no importa si hemos pecado...
¡El secreto siempre será Dios!