Llegan presumiendo marcas y cartera,
caminando recio, mirando hacia arriba,
creen que por tener una vida fingida,
ya son los dueños de toda la esfera.
Se la pasan hablando de alta alcurnia,
y que la familia es pura aristocracia,
pero cuando llegan a esta sucursal,
se les cae el traje y se acaba la gracia.
¡Y que suene el acordeón para esta bola de arriscados!
Que se creen de la realeza y son del montón,
con ínfulas de grandes, pero bien frustrados,
que presumen brillo pero no hay corazón.
Se sienten muy finos, de alcurnia y de peso,
¡y al final del día son uno más de los huecos!
Allá en las reuniones se hacen los pesados,
con aires de reyes que nadie discute,
mirando hacia abajo a los bien portados,
esperando aplausos que nadie les suelte.
Pero es bien curioso cómo es la vida,
cuando se les quiebra la soberbia y el paso,
esos mismos finos de la frente erguida,
vienen a tocarme la puerta de mi casa.
¡Y que suene el acordeón para esta bola de arriscados!
Que se creen de la realeza y son del montón,
con ínfulas de grandes, pero bien frustrados,
que presumen brillo pero no hay corazón.
Se sienten muy finos, de alcurnia y de peso,
¡y al final del día son uno más de los huecos!
Llegan bien atentos, pidiendo un favor,
olvidando el hielo que antes me tiraban,
pidiendo la mano, pidiendo el favor,
esos mismos aristócratas que me ignoraban.
Yo no soy rencoroso, pero sí tengo memoria,
la puerta está abierta, pásale a la sala...
pero no me vengas a echar más mentiras,
¡que aquí en mi terreno tu corona es falsa!
Que repique el tololoche y la tambora,
pa' que se les baje la altivez de un golpe,
la humildad se gana con hechos y obras,
¡y no con la pose que hoy tanto te estorbe!