En los pasillos de Medline, el chisme corre más rápido que la producción de la línea. El triángulo lo encabeza Junior, un montacarguista del segundo turno que es la definición de la "sinvergüenza": flojo para mover tarimas, pero rapidísimo para conquistar mujeres. Junior no tiene un peso, pero tiene el colmillo largo, y su mejor jugada es mantener a dos mujeres en el mismo techo industrial.
Por un lado está La Gorda, una operadora de línea eficiente y ruda. Ella es el "premio mayor" que Junior no quiere soltar, no por amor, sino por interés. Todos en la planta saben que ella es la futura heredera de valiosas parcelas y terrenos en el pueblo. Junior se visualiza como el dueño de esas tierras sin haber sudado una gota, así que le jura fidelidad eterna entre cajas de suministros médicos.
Pero la realidad es otra. En el área de recibo está Michel, la almacenista. Michel es una mujer que camina por la bodega con la mirada baja; su falta de amor propio la ha convertido en la "tanga fácil" del turno. Ella sabe que Junior solo la busca por ratos, pero se conforma con las migajas. Su relación es un amor clandestino que todos sospechan pero nadie confirma.
El peligro acecha en cada cambio de turno. Mientras La Gorda está concentrada en la línea de ensamble, soñando con su futuro como terrateniente junto a su hombre, Junior apaga el montacargas en los rincones oscuros del almacén. Ahí lo espera Michel, siempre dispuesta, aceptando ser la "amante" de un hombre que ni siquiera la respeta. Junior juega con fuego: usa el dinero que a veces le pide a La Gorda para invitarle una soda a Michel, manteniendo el engaño en un equilibrio precario.
El amor prohibido aquí no tiene romance, tiene conveniencia y traición. Michel se entrega por una caricia barata, Junior por puro vicio, y La Gorda sigue operando su máquina sin saber que su futuro patrimonio está en la mira de un tipo que, mientras ella trabaja, se pierde en el almacén con la otra.
( Maquilando amor, maquilando amor, maquilando