Hay un nombre que guardo en silencio profundo,
un pedazo de cielo que se fue de este mundo.
Ocho meses bastaron para llenar el alma,
y aunque duela decirlo, hoy lo digo con calma.
Rosniel, mi primero, mi pequeño guerrero,
el que me enseñó que el amor no es pasajero.
Hoy cumples cuatro años de haber partido al cielo,
pero en esta casa vives, te sentimos, te velo.
Diego tiene dos años, Yoselin apenas uno,
y aunque no te conocieron, les hablo de ti, de tu don.
Les cuento que hubo un hermano que llegó antes que ellos,
un valiente chiquito que nos mira desde los destellos.
"Tu hermano fue muy fuerte", les digo en la mañana,
"luchó como un gigante con su fuerza temprana.
No se rindió ni un segundo, nos enseñó a pelear,
y aunque ya no esté con nosotros, siempre hay que recordar".
Así crecen sabiendo que no están solos no,
que hay un ángel cuidándolos, que les guarda el corazón.
Rosniel fue el primero, el que abrió el camino,
el que me hizo padre, el que cambió mi destino.
No importa que no lo hayan visto, importa que está aquí,
en cada risa de Diego, en cada paso de Yoselin.
En el viento que acaricia, en la luz del amanecer,
Rosniel vive con nosotros, no lo dejo de querer.
Hoy prendo una vela, miro al cielo y le hablo,
le cuento de sus hermanos, de cómo van creciendo paso a paso.
Le digo que no lo olvido, que siempre está presente,
que en esta familia, mi niño, siempre serás el primero, siempre el más valiente.
Cuatro años sin tu abrazo, pero no sin tu presencia,
tu nombre vive en mi pecho, tu recuerdo es mi herencia.
Para Diego y Yoselin guardo tu historia,
para que sepan que tuvieron un hermano en la memoria.
Rosniel, mi primero, mi eterno bebé,
aunque el tiempo pase, siempre te recordaré.
Y mientras viva, hablaré de ti, de tu luz, de tu ser,
porque un hijo no se olvida, aunque no lo pueda ver.