. El Contraste: Galaxias en el Barro
Querido diario:
A veces mi vida parece un experimento psicológico cruel. En una misma hora, puedo pasar de cerrar un trato en un callejón oscuro, rodeada de miseria y desconfianza, a estar sentada en un sofá desvencijado discutiendo sobre la curvatura del espacio-tiempo o el concepto de la justicia en la Grecia clásica. Es un choque eléctrico para el cerebro.
Él es mi cómplice en este delirio. Para el mundo, él es solo un hombre tosco, alguien que sobrevive con lo ajeno, un tipo del que la mayoría de la gente cruzaría la calle para no cruzarse. Pero cuando cerramos la puerta, las máscaras se caen. Recuerdo una noche en la que la tensión en la calle estaba insoportable; la policía había estado dando vueltas y las ventas habían sido rápidas y nerviosas. Tenía el cuerpo en tensión, ese estado de alerta permanente que te deja los músculos como piedras. Llegué a casa y ahí estaba él. Empezamos a hablar de algo insignificante, pero la [conversación derivó en algo más profundo...]
[...] de todo: desde el tipo con traje que baja de su coche de gama alta temblando por su dosis, hasta el vecino que conoces de toda la vida y que te suplica que le fíes porque "mañana cobra". Tienes que endurecer el alma. Si dejas que la compasión te toque, pierdes. Y en este mundo, perder significa acabar como mi padre, entre rejas, o como mi hermana, bajo tierra.
Lo más difícil es lidiar con los tipos que creen que, por ser mujer y estar sola, pueden pasarme por encima. No saben que mi inteligencia es mi mejor arma. Mientras ellos confían en la fuerza bruta, yo confío en mi capacidad para leer a las personas. Sé quién va a dar problemas antes de que abra la boca. Sé cuándo retirarme de una esquina antes de que aparezca la patrulla. Mi mente, esa "enciclopedia" que escondo, es la que me ha mantenido viva y fuera de la cárcel durante seis largos años.
Pero por la noche, cuando el último cliente se ha ido y me quedo sola en el salón, la realidad me golpea.