Se la tiraba de gallito fino,
mirando a todos por encima del hombro.
Pensaba que el mundo era su camino,
y hoy de su orgullo solo queda el escombro.
Se creía el rey, el más importante,
inalcanzable, de sangre muy fría,
presumiendo lujos, dándoselas de grande,
sin ver la joya que en su casa tenía.
Era una dama, derecha y decente,
de esas que valen su peso en oro.
Le aguantó desplantes frente de la gente,
mientras él la usaba como un adorno más, no como un tesoro.
"Mujeres sobran", decía el farsante,
con una sonrisa de burla y cinismo.
Pero la cuerda se estira bastante,
hasta que se rompe y te frena el egoísmo.
Y ahora lo ven, al hombre de acero,
llorando en la barra, ahogado en alcohol.
Se le cayó el brillo, se le fue lo fiero,
hoy sufre la ausencia de aquel lindo sol.
El orgullo patético que lo cegaba,
hoy le pasa factura y lo hace pagar.
Perdió a la buena que tanto lo amaba,
por creerse más de lo que puede aguantar.
Ella se fue sin hacer mucho ruido,
recogió su dignidad y cerró la puerta.
Él pensó: "Ya volverá arrepentido",
pero esa mujer ya estaba despierta.
Se dio cuenta tarde de lo que valía,
cuando en la cama solo halló el vacío.
Su mentado imperio se le caía,
y aquel gran señor se murió de frío.
Y ahora lo ven, al hombre de acero,
llorando en la barra, ahogado en alcohol.
Se le cayó el brillo, se le fue lo fiero,
hoy sufre la ausencia de aquel lindo sol.
El orgullo patético que lo cegaba,
hoy le pasa factura y lo hace pagar.
Perdió a la buena que tanto lo amaba,
por creerse más de lo que puede aguantar.
Siga llorando, compa, que la ley de la vida es clara:
El que no cuida lo que tiene, el destino se lo aclara.
Se creía muy hombre...
y hoy no es más que un mendigo de su perdón.